Como ética, la abogacía es un ejercicio constante de la virtud y la virtud por definición es un hábito bueno. Como acción, la abogacía es un constante servicio a los valores superiores que rigen la conducta humana.
I. Primer Mandamiento: Estudia.
“El derecho se transforma constantemente. Si no sigues sus pasos serás cada día un poco menos abogado.”
Estudio: esfuerzo que pone el entendimiento aplicándose a conocer algo. Trabajo empleado en aprender y cultivar una ciencia o arte. Darwin E. Smith, Director General de Kimberly Clark Compay, por más de 20 años y quien fuera originalmente su director jurídico, comentaba constantemente a sus subordinados: “I never stopped trying to become qualified for the job”.
El estudio nos lleva a la educación de nuestra inteligencia: Educar etimológicamente es “sacar de adentro”.
Debemos buscar una sólida formación profesional y humana, hecha con un enorme amor a nuestra profesión pero sobre todo a nuestros clientes.
Estudiar es también y principalmente, el arte de “saber saber”. Ningún abogado puede presumir el conocer todas las disposiciones, pero sí debe abrigar la seguridad de tener la capacidad de saber buscar dónde puede encontrar la solución de un asunto. Decía el famoso abogado norteamericano Roscoe Pound: “Ni en el campo más estrecho puede una persona aproximarse al dominio de todos los detalles de una ciencia. Lo que sí puede es alcanzar el saber que le permita asir estos detalles en el momento y lugar en que los necesite y sacar partido de ellos. Sin esto, el estudio de las materias de la actualidad, simplemente como otras tantas divisiones acotadas de la ciencia, resulta fútil”.
También en cumplimiento a este mandamiento, debemos convertirnos en “cazadores de leyes”. Buscar la actualidad, las últimas disposiciones legales, jurisprudenciales y doctrinales.
El estudio implica sacrificio, de gustos, pero principalmente de tiempo, es elegir: como dice la Biblia, la falta de tiempo nos lleva a “levantar muros con una mano y con la otra empuñar la espada para defendernos”. Estudiar y trabajar, esa es la rutina del abogado. El estudio como cualquier otro verbo solo existe en un tiempo: en el gerundio. Se estudia estudiando.
Algunos puntos prácticos:
Somos los protagonistas de nuestra propia formación. Depende de nosotros.
Somos los primeros interesados, pero sobre todo los primeros responsables de nuestra formación. Debemos estudiar para FORMARNOS como abogados (en el sentido literal de la palabra). Tener la “forma” de un abogado, en nuestro pensamiento, actitudes, valores, etc.
Formar es educarnos – ex ducere – sacar de adentro. Solamente nosotros podemos sacar de adentro nuestros valores y virtudes. Nadie puede hacerlo por nosotros.
Por eso la formación depende primero de la autoconvicción. Debemos querer formarnos. Para querer formarnos tenemos que conocernos y esto nos lleva a la autoconvicción y la famosa tríada de los griegos: conócete, acéptate, SUPÉRATE.
La formación es en resumen TRANSFORMACIÓN.
¿Cómo y por dónde?
Debe ser integral, armónica y jerarquizada, comprendiendo todos los componentes de nuestra persona en sintonía con lo que QUEREMOS y DEBEMOS ser.
Formación humana y profesional.
Formación de la inteligencia: conforme a las leyes de la lógica. Saber analizar, sintetizar, relacionar, juzgar, etc.
Formación de la voluntad: forjando nuestra disciplina, renunciando.
Formación de la memoria: esto requiere mucho trabajo.
Formación profesional: con mucha lectura. Parafraseando a Luis Vives: “Hay que pensar como siete, leer como seis, estudiar como cinco, entender como cuatro, redactar como tres, corregir como dos y publicar como uno”.
Buscando ser iurisprudentes: que nos lleve a ser especialistas en discernir lo justo de lo injusto.
Buscando todos los aspectos del Derecho: como ciencia, como filosofía, como arte y como técnica.
El aprendizaje del derecho se hace a través de varias ramas: derecho público y derecho privado. Ambas son importantes y son la columna vertebral de todo el derecho. Pero como especies que son de un género, en ellas encontramos que en parte se usan y manejan los mismos conceptos y los mismos principios. Así el derecho nos va a presentar dos órdenes de conceptos, unos generales o fundamentales (persona, acto jurídico, legalidad, obligación, etc.) y otros especiales (comerciante, acto administrativo, juicio de amparo, etc.). Nuestro estudio debe abarcar ambos órdenes el general y el especial. El derecho como un todo y con sus ramas y lo que beneficie a mi cliente para el caso o casos particulares que estamos analizando.
Con un plan de formación profesional revisable periódicamente y con un método, horario fijo y un seguimiento puntual y disciplinado.
Formación permanente: de aquí hasta que dejemos de ser abogados.
Por último solo aclarar que el estudio y la formación profesional no son un fin, solo un medio para servir mejor a nuestros clientes. No se estudia solo por estudiar, sino para HACER más por nuestros clientes para poder SER mejores abogados, para SER PROFESIONALES.
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